Las cántaras de la memoria: los lecheros de Cieza
Este fin de semana hemos hablado con cinco personas de Cieza: Paquita, Joaquín, Ernesto, Soledad e Isidro. Tienen entre 69 y 75 años y han compartido con nosotros información y vivencias del oficio del lechero hace más de sesenta años. Nos han contado en qué consistía el oficio, cómo compraban la leche, donde tenían el ganado, entre otras cuestiones con las que pretendemos acercar a los jóvenes de nuestra edad uno de los oficios que fue muy típico en Cieza, nuestro municipio.
18.05.2026 - Manuel, Amanda, Germán y Merche
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En Cieza, cuando las calles empezaban a despertar y el fresco olor del amanecer las inundaba, era común escuchar a la voz pausada del lechero anunciando su llegada. La leche, recién ordeñada, se refugiaba del frío de la mañana gracias a las cántaras en el que se transportaba la leche.
José García, Pepe El Lechero, vivía en la calle Baños de Posete, al lado de la Rambla del Realejo, en Cieza junto a su mujer, Carmen. Ambos trabajaban en este oficio ambulante e iban por las calles montados en bicicleta vendiendo leche, recién ordeñada, de un ganado de cabras o de vacas que tenían en un pequeño corral en el interior de la vivienda. Durante el día, los animales pastaban en la gravera, una montaña de grava que había en frente de las casas. Al oscurecer, recogían el ganado para ordeñarlo.
Después, cambiaron de vehículo y adquirieron una motocicleta. A ambos lados, una cántara de aluminio y chapa de la que extraían la leche con un cazo para repartir entre todas las personas que acudían con distintos recipientes para que Pepe se los llenara y vendiera.
En esta calle, muy estrecha en la actualidad por las construcciones posteriores que se realizaron, había distintos oficios: esparto, con la Josefica; elaboración de granizado, con Pepe, el Yuste, y la leche, con Pepe y Carmen. Así lo recuerda Soledad, puesto que era vecina de Pepe y de Carmen y veía al ganado pastar, además de recogerse cuando caía el sol. Y ella observaba cómo se recogía el ganado y como a la mañana siguiente, Pepe y Carmen salían en sus bicicletas para vender la leche.
Aquella escena, repetida durante décadas en pueblos y ciudades de la Región de Murcia, era un cuadro de costumbres que se sucedía constantemente como el repicar de las campanas o el saludo entre vecinos. Paquita nos cuenta que ella recuerda que por la mañana, alrededor de las nueve de la mañana, Juanico, otro de los lecheros de Cieza, que vivía en la calle Salvador Seguí, iba por las puertas preguntándoles a las familias si querían leche. Como no había otra forma de obtenerla, casi todos los días compraban, solo se tomaban una vaso para desayunar.
Ernesto, Soledad y Paquita estudiaron en el colegio Virgen del Buen Suceso, actualmente, Antonio Buitrago. Nos hablaron de los vasos de leche en polvo que les daban algunas mañanas en el colegio. A la hora del recreo ponían una mesa pequeña con vasos, en medio del patio había una olla grande con agua caliente donde vertían los polvos. Otras personas traían los vasos de casa metidos en una bolsa de tela, con azúcar y canela envuelta en un papel. Se ponían en fila y uno a uno les daban un vaso de agua con polvo. Soledad dice que estaba buena, Francisca le notaba un sabor muy fuerte.
Era un servicio gratuito. Ernesto nos contaba que lo tomaban como un suplemento que ponía el gobierno, evidentemente, era un plan estratégico. Conocido como el plan ASA (Ayuda Social Americana), Estados Unidos envió leche en polvo a España durante las décadas de 1950 y 1960. Para salir de su aislamiento internacional, España firmó los Pactos de Madrid en 1953. A cambio de permitir la instalación de cuatro bases militares estadounidenses, EE. UU. envió ayuda económica y alimentaria (principalmente leche en polvo, queso y mantequilla)
Las mujeres y los niños, mientras que los cabezas de familia trabajaban, salían entonces con jarras de zinc, cazos esmaltados o botellas de cristal para comprar su leche. En las casas de Cieza, como en las de cualquier rincón murciano, la leche de cabra era considerada como una de las mejores en alimentación. Se decía que alimentaba mejor, que era más suave para el estómago y más apropiada para enfermos, ancianos y niños pequeños. Eso sí, no sin antes tener que hervirla hasta tres veces para acabar con las bacterias y evitar así posibles vómitos o diarreas.
También se podía rebajar con agua Joaquín nos cuenta que siendo muy pequeño, le dieron leche de cabra sin hervir y enfermó. Se recuperó gracias a un tratamiento basado en una dieta que le puso el médico. Desde entonces, dice no considerarse muy amante de la leche. La leche se vendía por cuartillos que equivalían a 0,5 L y su precio tendría que estar, porque no lo recuerda bien, ya que era su madre la que la compraba, entre los veinticinco céntimos y la peseta.
Isidro, sentado en su puerta, observaba pasar al lechero con el ganado de cabras. A veces, se ponía a ordeñar en las puertas para rellenar los recipientes. Pocas veces fiaba el lechero, pero cuando lo hacía, sofocaba muchas veces a los hijos, recordándoles que sus madres les debían la leche de tres o cuatro días. Había más miseria y piojos, que dinero para pagar.
Con la llegada de la década de los 60 y las nuevas normas sanitarias que se iban endureciendo cada vez más, empezaron a exigirse unos controles que no estaban al alcance de los lecheros. Además, con la llegada de la leche pausterizada y el crecimiento de Central Lechera Murciana las cántaras de Pepe, de Juanico y de muchos lecheros fueron reemplazadas por botellas industriales. Hubo una transformación del consumo de leche y las cabras dejaron de recorrer las calles para prestar sus servicios, una imagen que según los protagonistas de nuestro reportaje solo sigue en la memoria sentimental de todos los que salían a esperar al lechero.
comentarios
Manuela | 19-05-2026 12:28
Pero que preciosidad de crónica. Me he emocionado mucho, mi madre le compraba toda los días y es verdad, para el dinero que había solo bebíamos un vaso. Yo tengo la edad de los protagonistas de esta historia y también bebía leche en polvo, a mí no me gustaba pero no quedaba otra con mucha canela estaba buena. Gracias por haber recordado al lechero a sus cabras y vacas.
Carmen | 19-05-2026 00:25
Mi madre compraba leche cada dos días. No todos podíamos beber todos los días. Me ha emocionado mucho este reportaje. Gracias.
Antonia | 19-05-2026 00:23
Un reportaje muy emotivo que nos ha llevado a más de uno a nuestra infancia. No teníamos riqueza pero sí humildad y nuestro vaso de leche, que con la canela solía estar muy bueno. Me ha parecido un reportaje de diez para darle a conocer a los jóvenes la diferencia de su mundo y el nuestro .
Antonio | 19-05-2026 00:00
Felicidades. Me ha encantado recordar a los lecheros. Un oficio ya perdido porque la vida ahora se ha vuelto muy cómoda .


